POR: Hernán Ojeda (@ElPibeFaulkner)

Game of Thrones llegó a su final, y la polémica se adueñó de todo análisis posible. Incongruencias narrativas, malas decisiones, desconocimiento de la propia historia y torpezas sin fundamentos fueron el propio victimario de la serie prometida. La temporada 8 dejó algunos sinsabores, y acá intentamos, a grandes rasgos, detallar cuáles fueron sus pecados.

Las sagas tienen una particularidad, que nace de la misma disposición seriada, y es su inesquivable necesidad de consumo fragmentado. Tanto en el ámbito cinematográfico como en el televisivo, seguir una serie o una saga de películas requiere de un esfuerzo extra que no solamente consiste en sentarse a ver, formar parte, interpretar, sino también esperar. Y en ese interín pasa de todo, catalizado por los fandoms que se encargan de llevar adelante el trabajo de bacheo necesario para paliar la abstinencia: fanfictions, fanarts, teorías, lecturas pormenorizadas y sobreanalizadas. Porque la espera es amiga de la creatividad, a veces, y esa paradoja del tiempo de sobra puede terminar jugándole en contra a los guionistas, directores y showrunners, pues termina genérandose una expectativa que sobrepasa las posibilidades. Y esto implica arrancar el partido con el resultado en contra.

El caso de Game of Thrones es particular: comenzó siendo la adaptación televisiva de la saga de libros de Canción de Hielo y Fuego, escrita por George R.R. Martin, hasta que al momento de la temporada 6 los libros dejaron de ser una constante y empezaron a ser una cuenta pendiente del autor, quedando en manos de los showrunners de una manera gradual que terminó por ser absoluta. Y esta cesión del mando devino en la consecuencia lógica, como si de un emprendimiento se tratase: cuando hay cambio de firma, hay cambio de funcionamientos internos. Y allí la serie empezó a vender otra cosa, lo que los nuevos regentes querían, o podían.

Sin intenciones de sumergirme en el terreno del análisis minucioso, sí me parece importante redondear algunas sentencias generales. Después de todo, ¿cuánto más puede decirse sobre una temporada que ya estuvo sometida al sobreanálisis hasta el hartazgo?

En primer lugar, uno de los grandes pecados de la gestión Benioff/Weiss fue dejar a un costado una de las virtudes más grandes del universo de Canción de Hielo y Fuego, y es precisamente su condición de universo: George R.R. Martin fue el ideólogo de un tratado de historia, de un mundo con bases estructurales de historia expansionista europea pero con todo un sinfín de lógicas internas que el fantasy puede permitirle. La historia de este universo era rica por su carga mitológica, en donde las figuras propias, la magia y las creencias hacían posible todo sin demasiados vacíos narrativos: hechicería, magia negra, dragones, muertos vivientes, Caminantes Blancos, Niños del Bosque, religiones alternativas y una forma bien entendida y resuelta de la dualidad civilización y barbarie -que estuvo en permanente ida y vuelta-. Y esa desestimación del lore original es, quizá, el error más grueso de los showrunners: ¿En qué queda la leyenda basal del universo de los Siete Reinos conocida como Azor Ahai? ¿En dónde queda el guerrero prometido? ¿Cuál era el objetivo final de los Caminantes Blancos y el Señor de la Noche, el final boss que no fue y duró reinando el caos menos que Tyrion ordenando sillas en el salón del Consejo? ¿Cuál fue la necesidad de revelar el trasfondo identitario de Jon/Aegon, y su agobiante recorrido entre la vida y la muerte?

Nadie cuestiona la adaptación pues para eso está, y es esperable que no todo sea idéntico, tanto por el valor narrativo del formato como por sello autoral. El tema está cuando la reescritura se aplica sobre lo que la propia adaptación venía construyendo con suficiente solvencia. Game of Thrones se caracterizaba por respetar la complejidad de los entramados argumentales con precisión, dejándonos como espectadores sentados al borde de la silla a la espera de un plot twist que nos vaciara de sentido y nos obligara a revisar todo lo que había pasado hasta entonces, buscando easter eggs y pequeños indicios que se nos pudieran haber escapado. Necesitábamos convertirnos en una audiencia más activa que nunca, atenta a las reconversiones, a los espacios en blanco y a los puntos suspensivos. Llevarnos al plano de confidentes narrativos es un objetivo que Game of Thrones cumplía, y por eso tuvo seis temporadas de éxito y un sinfín de teorizaciones complejas. La base de fans se reescribía para sí misma la obra, y eso mismo fue lo que llevó al derrumbe y la decepción, porque dejó de sobreestimarse al público para dar resoluciones vagas e inestables. La octava temporada estuvo marcada por la circularidad, por guiños pequeños y bastante torpes a diálogos anteriores, a situaciones de otro tiempo, a reencuentros, a desencuentros, a retornos a la base de pertenencia. Círculos que, sin embargo, no llegaron a llenar todo lo que se venía construyendo

Y esto aplica también a la virtualmente tan mentada construcción de los arcos de desarrollo de personajes: Game of Thrones llevaba a profundizar los caminos de la caracterización con la misma eficiencia que tenía para entramar los conflictos. Obviando reivindicaciones con más aciertos que errores como las de Theon Greyjoy, Sansa y Arya, tomemos algunos ejemplos que van hacia el otro lado: El recorrido de Jon/Aegon desde su origen bastardo, pasando por la formación militar y salvaje, su retorno de la muerte, la proclamación real de un pueblo hermético y su destino de Rey absoluto conducía a la inesquivable coronación como héroe máximo, que no pasó. La última temporada lo dejó casi al borde del patetismo, subordinado a su lealtad con escasa capacidad de acompañamiento crítico y siendo guionado con un abanico de reacciones que podían contarse con los dedos de una mano y todos regidos por la sentencia del deber/querer, siendo reivindicado con el final de su camino en el único lugar en el que quiso estar, tal vez lo más rescatable del último episodio; otro ejemplo es el de Jaime Lannister, el camino de redención más marcado y más desdibujado al mismo tiempo: los baches en torno a la pertenencia y al amor signaron el cierre del crecimiento del personaje y su lamentable resolución carente de motivos y de épica; Daenerys con la brusquedad del giro hacia la locura sólo salvada por el crecimiento actoral de Emilia Clarke, al que no le hubieran venido mal unos cuántos capítulos más o, al menos, indicios más claros en las relaciones interpersonales con sus cercanos (sí, ya había tenido arranques destructivos contra los grandes líderes, pero nos falta lógica dentro de las consideraciones de la rueda por quebrar: ¿cuáles eran los límites de esa rueda? ¿Qué sucede entre la promesa de no ser la reina de las cenizas y la ejecución indiscriminada?). Lo mismo Tyrion y la banalización bufonesca de una mente brillante, Brienne y los altibajos con la situación jura de caballero/humillación amorosa, Cersei y el plan de guerra alternativo que carecía de fuerza de contragolpe y que desintegró la inteligencia de un personaje también salvado por su intérprete, y muchas otras tramas que quedaron en el tintero.

 

En términos generales, con altibajos, con pequeños mimos de calidad, con grandes batallas pero, fundamentalmente, con desaciertos, Game of Thrones terminó siendo un producto emergente dentro de un círculo que no cerró del todo bien. La serie de Benioff y Weiss terminó bajo las mismas cenizas de King’s Landing, concluyendo en un cierre televisivamente efectivo pero incongruente con muchas de las bases fuerte de su saga madre. Los diálogos poco virtuosos, los giros endebles, las resoluciones torpes y la incomprensible limitación de los tiempos de desarrollo (14 episodios para dos temporadas que pedían mucho más) fueron rescatados por una musicalización increíble y una dirección de escena y fotografía que tuvieron momentos elevadísimos, complementando tanta ineficacia con belleza para el resto de los sentidos. Ahí fue la serie, resta ver hacia dónde nos conduce la historia oficial, la de George Martin, esa que, suponemos, respetará su propia razón de ser. Game of Thrones tuvo su final, el que pudo tener, el más recto posible si consideramos todos los tropiezos que se produjo con sus propios pasos, ahora veremos qué resolverá Canción de Hielo y Fuego para paliar el clima generalizado de desilusión.

 

 

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