POR: Hernán Ojeda (@ElPibeFaulkner)

Un gorila debe escapar de su cautiverio valiéndose de lo que mejor sabe hacer: correr y aplastar. Pero toda fuga tiene un objetivo mucho más allá de las meras ansias de libertad, y es eso lo que debemos descubrir a través de una marea de disparos, colores y free jazz. Bienvenidxs a Ape Out.

Desarrolladores: Gabe Cuzzillo, Benett Foddy, Matt Boch

Editor: Devolver Digital

Disponible en: Steam, Nintendo Switch.

Imaginemos una rebelión, una fallida, o quizá una que aún permanece en estado embrionario. Imaginemos una tropa custodiando al enemigo número uno de la Corona, ese cuya cabeza tiene precio y que no hay manera de liberar sin terminar con una horda pidiendo tu muerte por traición. Imaginemos que ese preso es, en realidad, un mono. O que hay varios presos, y todos son primates. Imaginemos que te proponen ponerte en el rol de estos primates y darle vida al plan de fuga, escapando de los controles y buscando la libertad.

Bueno, algo así podemos decir que es Ape Out, la última joya de ese gestor de joyas que es Devolver Digital, responsables de maravillas recientes como Hotline Miami, The Messenger y -juego que en breve estará en esta revista- Gris. Esta suerte de live action de una obra de Jackson Pollock mixturado con dejos de Rebelión en la granja fue craneado por Gabe Cuzzillo, y consiste, como decía, en manejar a un gorila que arranca su camino en cautiverio, debiendo zafarse atravesando niveles que van haciéndose cada vez más laberínticos y aplastando enemigos armados que harán lo posible por evitar nuestra fuga. Pero Ape Out es mucho más que esto, es algo que podríamos considerar una auténtica obra de arte.

Si bien no descubre nada, Ape Out es un juego que sabe conjugar sus herramientas para convertirse en una pequeña avanzada de vanguardia. Fusionando una jugabilidad desde un ángulo cenital, una paleta de colores estrambóticos, una movilidad frenética y la necesidad de, realmente, nunca parar de moverse, el juego nos va haciendo partícipes de su creación, y de su muestrario estético. Con una limitadísima gama de acciones posibles (moverse, girar, empujar y agarrar) debemos hacernos cargo de la tarea de escape de nuestro monito amigo, smasheando milicias (que irán aumentando su rango y ritmo de tiro, mejorando sus armas y creciendo en número, teniendo que esquivar desde simples fusiles hasta lanzacohetes, pasando por lanzallamas) y “pintando” con ellas el cuadro que termina siendo el escenario. Porque sí, Ape Out es un juego tan minimalista como brutal, en donde los indicios serán apenas un tintecito de color, nuestra health bar será el creciente rastro de sangre que iremos dejando tras recibir algún balazo (podremos recibir dos antes de morir y comenzar de nuevo) y la única forma de avanzar es, precisamente, yendo hacia adelante inmersos en una vorágine inesquivable mientras hacemos un enchastre expresionista abstracto con los restos orgánicos de nuestros enemigos.

Debemos aprender a valernos del uso estratégico del entorno, o al menos de aquel que el juego nos permite calcular: cada reinicio de nivel formatea sutilmente el escenario, por lo que encontraremos variaciones que nos impedirán armar una logística de escape que funcione de la misma forma dos veces -dato que podremos corroborar puesto que, tras caer en acción, la pantalla irá abriendose hasta mostrarnos el mapeo y el trazado de nuestro recorrido obtenido, abrazado por un un categórico DEAD. De la misma manera, los enemigos no siempre vienen en iguales cantidades, ni por el mismo lugar: el juego va perfeccionando su contraataque a medida que repetimos el nivel tras sucesivas muertes, y será imposible cruzar el mapa con el manual bajo el brazo. No obstante, la experiencia que acumulemos con las caídas en combate hará que sepamos cada vez mejor cómo apoderarnos del espacio, sujetando a los enemigos y haciendo que estos sean nuestras armas más infalibles, ya que éstos dejarán tras de sí una fugaz estela de disparos tras tomarlos de los hombros, pudiendo usarlos como escudo humano y como vanguardia armada para seguir adelante.

Así como usa los colores como condimento psicodélico, uno de los puntos fuertes y más inmersivos del juego es su música: la ambientación sonora del juego es una batería de free jazz que va subiendo la intensidad a la par de nuestras decisiones y movimientos, acompañando el ritmo de nuestro gorila con machaques de crashes y hi-hats que, a su vez, vamos orquestando nosotros con cada golpe que damos. Ape Out nos pone en el rol de musicalizadores, de bateristas, nos hace parte no solo de su planificación de niveles, sino también de su banda de sonido. Este apartado de edición está tan bien logrado que nos hace sentir que realmente somos los que estamos tocando el instrumento en tiempo real, a la vez que nos potencia la vorágine para que cada vez adoptemos un ritmo más y más frenético. Ese ritmo primitivo de la batería se amalgama con todas las situaciones que atravesamos, y va complejizándose a medida que sorteamos los niveles, que están brillantemente ordenados no en capítulos, sino en discos que tienen, cada uno, sus respectivos lados A y B. Terminar el juego nos deja con una discografía completa, y con un desgaste similar al del protagonista de Whiplash.

En conclusión, Ape Out ha sido un pequeño oasis primate en un comienzo de año repleto de tropiezos de las grandes promesas del gaming mainstream. Es divertido, es brutalmente hermoso, es adictivo, es eficaz. Otro punto fuerte del juego es su incontestable eficacia para generar una narrativa sin decir una sola palabra. Los escenarios nos van diciendo cosas con sólo atravesarlos, nos permiten reconstruir la historia de ese gorila (¿esos gorilas?) y las razones que lo llevan a salir desesperado en busca de su libertad. Cada disco tiene su apartado, y nosotros, insisto, nos sentimos parte de su producción artística y nos encontramos inevitablemente inmersos en su trayectoria porque queremos entender a ese bicho que corre y aplasta. Y créanme que llegamos a entenderlo. Y sí, queremos instaurar la revolución animal, pues en un mundo racional tan estático y tendiente a la regresión, bien vendrían un par de reivindicaciones de nuestros ancestros evolutivos.

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