Llevamos ya más de medio año de educación virtual, en donde nos valimos de autogestión docente y buenas intenciones para sostener las clases, pero ¿qué de todo eso se replica en ideas concretas? ¿Cómo repercute todo esto en la opinión pública? | Por Hernán Ojeda (@ElPibeFaulkner)

Sin considerarme una persona de sentencias tajantes ni censurar nunca el debate (término bien ponderado e inesquivable para las buenas tradiciones pedagógicas modernas, mas no tan puesto en práctica), sí confieso ser partidario de una condición irreductible: si no sos parte del sistema educativo, dificilmente puedas entender al mismo. Y si bajamos al patio: mucho menos lograrás entender cómo funciona la escuela.

Sabemos bien que las instituciones nunca son muy amigas de la fluidez cuando de actualizarse se trata. En momentos como éste, el atraso (tecnológico e infraestructural) en el que las escuelas están inmersas quedó notablemente evidenciado y, para colmo, la situación de aislamiento y la suspensión de la presencialidad le quitaron el mayor capital que puede ofrecer: el de espacio de encuentro, vínculo y contención. El garantismo social que se busca y se encuentra en el espacio escolar y les trabajadores del mismo es, sin lugar a dudas, su valor incontestable e irreemplazable, esa suerte de lugar seguro en donde hay escucha, compañerismo, asistencia y alimento, real y simbólico. Todo eso se esfumó con la inestabilidad de los módems y los paquetes de datos.

Las plataformas educativas online son, en este momento, la galería que expone las diferencias de posibilidades en su expresión más salvaje: si las condiciones materiales a las que acceder para poder asistir, completar tareas, sostener la cursada y avanzar en la trayectoria de aprendizaje antes eran una piedra en el camino para muchxs chicxs, esta situación en la que dejamos de hablar de hojas de carpeta y pizarrones para inmiscuirnos en el flujo de datos de Meet, Zoom, Classroom, Blended, WhatsApp y Facebook a través de celulares, notebooks y tablets hace que las posibilidades se planteen como algo cada vez más desigual y, además, frustrante. No todxs pueden acceder a las mismas condiciones de cursada, porque no tenemos ese lugar común en el que contener, igualar, compartir.

En medio de ese conflicto de dispositivos estamos todxs: estudiantes, docentes, directivos, preceptores, familias, cada uno de les participantes del sistema educativo. A todxs nos envuelve el tentador agobio que motoriza la vorágine, a todxs nos catapulta la situación hacia un paraíso de nervios y agotamiento en un tiempo que, simultáneamente, pareciera suspendido pero que tampoco nos alcanza para llegar con todo. Las reuniones, jornadas, encuentros, informes y circulares nos marcan la agenda aleatoriamente con absoluta displiscencia, como si ya no existieran los horarios ni el espacio personal, revoleándonos por la cabeza ese vicio eterno del contenidismo, del llegar con todo, como si no tuviéramos suficiente con esta odisea de cuidarse para sobrevivir. Todos los límites se volvieron difusos: la vida entera es un aula, el día entero es nuestra carga horaria.

Y, aún con todo esto, debemos soportar que en los medios, en muchxs representantes políticos y, consecuentemente, en la opinión pública se replique la idea de que no estamos dando clases, no estamos trabajando, el año está perdido y lxs chicxs son presos del no aprendizaje. Y, honestamente, esta lógica de pensamiento y de juicio a la tarea docente no me queda más que la resignación de decir: no, no habrá revolución educativa; no, no se valorará más el rol docente y de las escuelas tras la pandemia.

Sí, todo será igual. Todo seguirá siendo igual. Ojalá me equivoque.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *